DESPUÉS
El Arreglo
Elena POV
Esta escena transcurre después del último libro de House of Valerius.
La caja estaba sobre mi encimera cuando entré, y no tenía un nombre por ninguna parte.
No en la etiqueta. No en el comprobante pegado a la tapa, en blanco justo en el lugar donde esas cosas nunca están en blanco. Le di la vuelta. Debajo tampoco había nada.
Así no entra nada en este edificio. Cada entrega queda registrada. Cada mensajero queda fotografiado. En el nivel de carga hay un hombre cuyo trabajo entero consiste en saber qué entró por la puerta y quién lo mandó, y es muy bueno en eso, y nunca me ha dado una respuesta imprecisa.
Así que alguien la había subido en persona.
Dejé el vino al lado y no la abrí.
Eso costó. Por oficio he desenvuelto cosas peores y me ha costado menos.
En vez de abrir la caja, saqué las copas. Cinco. Todavía me sorprende que sean cinco cuando las saco. Corté los tallos de las flores que se habían pasado y devolví el resto al jarrón, que está astillado, y que Dominic se ha ofrecido cuatro veces a reemplazar, y que no se va a ninguna parte.
Después me quedé ahí, con las manos planas a cada lado de la caja, esperando el ascensor, porque lo que hubiera dentro no me correspondía abrirlo primero.
He entrado primero en muchas habitaciones. Es una costumbre de la planta del hospital. Llegas temprano, te enteras de lo que pasó durante la noche y sabes cuál es la situación antes de que nadie más necesite saberlo.
Es una costumbre útil. También es una manera de no sorprenderse nunca delante de la gente.
Maren subió primero. Siempre lo hace.
Venía de las colchonetas. Vendaje en la mano derecha, el pelo mojado en las sienes, y agarró una copa antes de quitarse el abrigo, que es la secuencia de hechos más Maren que existe.
—Qué hay en la caja.
—No sé.
Me miró.
—Llevas un rato ahí parada.
—Estoy poniendo la mesa.
—Llevas un rato ahí parada.
Dejé pasar esa. Ella también, al final, que es lo más parecido al afecto que ofrece antes de las ocho.
Nadia entró detrás de ella con el portátil bajo un brazo y dos bolígrafos en el pelo y ese gris concreto que se le pone a una persona en el día nueve de un cierre. Dejó el portátil boca abajo sobre la encimera. En Nadia eso es un acto ceremonial.
—Sea lo que sea —dijo—, no voy a escribir sobre ello.
Sloane llegó tarde. Sloane siempre llega tarde, pero sus retrasos nunca han tenido consecuencias, así que he dejado de comentarlo. Dejó una botella sin una palabra sobre de dónde salía. Sus manos estaban haciendo eso con la ganzúa —por encima, por debajo, por encima, atrapar— y luego se pararon, de golpe, cuando vio la caja.
—Sin nombre —dijo.
—Sin nombre.
—¿Quién estaba en la puerta?
—Petra. Nadie firmó.
Sloane miró la cinta. Luego la junta. Luego las esquinas. La vi decidir que no era una amenaza y perder el interés en ella como problema, y todo el proceso duró unos dos segundos, y me gustaría saber qué se siente.
Ivy llegó la última, todavía con el abrigo puesto, todavía trayendo el frío consigo. Guantes en el bolsillo. El anillo de hierro en su cadena, en la garganta. Miró la caja como mira cualquier cosa que llega sin procedencia.
—Eso no vino de un mensajero —dijo.
—No.
—Las adquisiciones anónimas suelen ser un problema.
—Ábrela igual —dijo Maren.
Eran cinco.
Doblados, oscuros, pesados. No un objeto de moda. Nada por lo que alguien se diera la vuelta a mirarte en el metro. Buena lana, sobria, el tipo de abrigo que se lleva once años y después se manda a forrar de nuevo.
Estaban apilados en un orden. Conocía el orden antes de tener ningún motivo para conocerlo. El mío. Luego el de Maren. Luego el de Nadia. Luego el de Sloane. Luego el de Ivy.
Nadie dijo nada durante un momento.
Sloane sacó el suyo del medio sin mover la pila, lo cual es una destreza. Se lo sostuvo contra los hombros. Llegaba exactamente hasta donde ella querría que llegara.
—Esas son mis medidas —dijo.
—Las mías también —dijo Maren, que todavía no había tocado el suyo.
Ivy le dio la vuelta al suyo.
El parche estaba en la espalda, entre los omóplatos. Pequeño, más pequeño de lo que cualquiera de nosotras lo habría hecho. Hilo antracita sobre lana antracita, así que había que estar cerca, y la luz tenía que dar bien, y entonces estaba ahí. Decía EL ARCHIVO, y debajo, en letras más pequeñas, decía CECIDIMUS, y luego un punto elevado, y luego SUPERSUMUS.
—Ah —dijo Nadia.
Tenía una hoja de papel en la mano. Había estado encima de la lana doblada y se me había pasado, porque yo estaba mirando los abrigos.
Conocía ese papel. Era una página de la libreta pequeña que antes llevaba encima, la que vivía en su chaqueta antes de que empezara a cargar con un portátil a todas partes. Blanda en el doblez. Vieja.
Su letra cruzando el centro, en tinta. CECIDERUNT. Punto. SUPERFUERUNT.
Y debajo, con la letra de alguien a quien he visto firmar mociones en esa mesa —pequeña, regular, sin presión sobre el papel—, las mismas dos palabras con otras terminaciones.
Ninguna nota. Ninguna inicial. Nada más en la página.
Ivy la tomó. Lee latín como el resto de nosotras lee un menú.
—Cambió la persona —dijo—. Nadia lo escribió en tercera. Ellas cayeron, ellas sobrevivieron. Como un pie de foto.
—Era un pie de foto —dijo Nadia—. Era un chiste sobre nosotras en una terraza.
—Él lo puso en primera. —Inclinó la página hacia la luz, cosa que no necesitaba hacer—. Nosotras caímos. Y después le cambió el tiempo al segundo verbo. El tuyo estaba en perfecto. Concluido, hecho, terminado. El suyo está en presente.
—¿Y eso quiere decir?
—Quiere decir que seguimos haciéndolo.
Nadie retomó aquello ni le dio más vueltas. Esa es la parte que quiero conservar.
Maren se puso el abrigo. Nadia se rio y no se llevó la mano a la boca, cosa que hubo que enseñarle a dejar de hacer y que yo noto cada vez. Sloane encontró el bolsillo interior de inmediato, comprobó su profundidad con dos dedos, y puso una cara que significaba que la profundidad era la correcta.
—Se lo pregunté —dijo Nadia.
—No es verdad.
—Claro que sí. Vivo con él. —Se metió en el suyo—. Dije: Sebastian, mandaste hacer cinco abrigos.
—¿Y?
—Dijo que tenía nuestras medidas en el archivo por motivos de seguridad y que la sastrería era incidental.
Sloane hizo un sonido.
—También dijo —siguió Nadia— que el segundo verbo ponía nuestra supervivencia en pasado, y que no iba a permitir que eso anduviera por la ciudad en la espalda de su mujer.
—Esa es la parte que le importa —dijo Maren—. La gramática.
—Esa es la parte que va a admitir.
Yo no me puse el mío enseguida.
Todo lo demás en este edificio ya consta por escrito. Sería raro dejar esto fuera.
Hice ese chiste en la terraza de observación en noviembre, con el brazo alrededor de una mujer a la que había sacado de una celda la noche anterior. Tres de los nuestros estaban muertos por la información que ella le había entregado al hombre que la mandó. Se había quedado sentada en un suelo de hormigón gritando un nombre contra una puerta cerrada hasta que se le fue la voz. No vino nadie. La oí a través de tres pisos y bajé, porque sabía qué era ese sonido.
No tenía nada que darle. Eso es todo. Me quedé a su lado en el viento del río sin autorización, sin voto, sin rango y sin nada en las manos, así que dije lo único cierto que me pertenecía.
Que no era la única.
Eso era el club. Una mujer que no tenía nada, ofreciendo lo único que sí tenía: haber pasado antes por lo de ser la humana en esta Torre, y haber sobrevivido.
Las chaquetas eran un chiste. Las chaquetas eran el papel de envolver.
Estuve una semana con un expediente que llevaba el apellido de mi familia en la portada.
Seis generaciones. Sangre extraída por médicos que no eran médicos. Evaluaciones archivadas por maestros que no eran maestros. Alguien se paró en el umbral de una puerta para un censo, en un barrio al que puedo ir caminando desde aquí, y anotó lo que decía mi bisabuela y cuánto tardaba en decirlo, y después esa persona se fue a su casa y cenó.
Yo no era la anomalía. Estuve mucho tiempo segura de que lo era, y después leí los papeles, y yo era el resultado. Aquello que esperaban ver aparecer, generaciones después de empezar a buscarlo. Todo lo bueno que me ha pasado desde que entré por ese vestíbulo pasó porque a un linaje lo midieron hasta que produjo a alguien a quien no se le podían borrar los recuerdos.
Lo incluí entre las pruebas. Es el Volumen veinticuatro. Ivy me había guardado el hueco antes de que se lo pidiera.
No acabé de entenderlo hasta que me encontré de pie junto a mi propia encimera, con un abrigo en las manos.
Inventé ese club como un gesto amable. Desde fuera. Desde el único asiento seguro de la habitación.
Nunca estuve fuera. Yo estaba en el expediente antes de Dominic, antes de la deuda, antes de nacer. El chiste que inventé para decirle a una desconocida que no estaba sola resulta ser la frase más exacta que he dicho nunca. Era verdad en un sentido que yo no alcanzaba a ver y que no habría elegido.
No lo sentí como duelo. No del todo. Fue como recibir un diagnóstico cuando ya sabes lo que tienes: ese alivio pequeño y feo de que por fin le pongan nombre.
—Elena.
Maren, en la puerta de la terraza, la mano en la barra. Las cuatro con sus abrigos. El frío entrando ya por el marco.
—Voy.
Me lo puse.
Sentaba como sienta una cosa cuando alguien ha tomado las medidas. En los hombros, a lo largo de la manga, en todas partes. Ni un solo arreglo.
Lo pensé un segundo. Un hombre que me llevaba tantos años, sentado en algún sitio con cinco listas de números y una hoja con dos palabras tachadas. Haciendo todo eso. Sin poner ningún nombre en la caja. Y diciéndole después a su mujer que era una cuestión de gramática.
Puse la mano en el jarrón al pasar. No sé por qué hago eso. Siempre lo he hecho.
Después salí a la terraza donde empezó el chiste, con cuatro mujeres que habían llegado todas a esta familia por el camino difícil. Llevábamos puesta una frase en una lengua que ninguna de nosotras habla. Dice que seguimos aquí, en el tiempo que no ha terminado.
El viento era terrible. Nadia lo dijo dos veces.
Nadie volvió a entrar.
Fin de House of Valerius







